Cuento: ¿Quién lo escribió?

 Facundo había ido al Café Belgrano aquella tarde de abril para acabar un cuento que había estado escribiendo. La escena que sus dotes autorales no lograban reflejar apropiadamente transcurría en un café-bar similar a ése en que se hallaba. Cargando su laptop y un pequeño bolso, entró impertérrito en el bar, tomó una mesa junto a la ventana, abrió la computadora, y se perdió en su historia.
Las teclas, el estar sentado en la mesa de un bar escribiendo, el olor del café, lo hacían sentirse ya como un escritor verdadero, cuando claro, no era más que un simple aficionado bastante megalómano.
Sus manos se deslizaron sobre las teclas a toda velocidad, implacables y seguras como quien las comandaba, casi en un trance, canalizando las palabras a medida que las ordenaba mentalmente. Tan rápido tipeaba, a la velocidad de su imaginación, que no se detenía por nada. Errores de ortografía, puntuación, etcétera, todo éso podía esperar, lo importante materializar la idea de forma concreta antes de que aquella retahíla particular de oraciones, ésa redacción única y plausible, que no volvería a ocurrírsele jamás, se desvaneciera de su mente. Seguro, podría redactarlo otra vez, pero sería distinto, su texto tendría el mismo significado, pero no los mismos significantes; las palabras serían otras que quizá no produjeran la misma armonía sinérgicamente, el texto que componía, al igual que cada uno lo es, era un amalgama verbal irrepetible, Facundo lo tenía claro, no descansaría hasta terminar su historia, se sentía cómodo y confiado, no le saldría mejor si lo intentara otra vez más tarde, debía de acabar su texto allí.
Sin apartar por un segundo la vista de su historia, Facundo ordenó un café cuando creyó oír a la camarera cerca y continuó.


"Los maleantes salieron del banco, a toda prisa tras su salidera fallida; con la policía tras su pista, se refugiaron en un bar" tipeó. No estaba conforme con la oración, pero la reformularía, quizá más tarde, sin embargo, una oración no hace un texto y procedió.
Fue en este momento en que podría aseverar haber oído pasos y ruidos en el salón. Maldiciendo su elección geográfica, volvió a hundirse en su trabajo.
Forzó a sus personajes a tomar posesión del enteléquico bar y a subyugar a los presentes, y pudo oír el sufrimiento y los sollozos de las víctimas del azar. No obstante, no se debía a un proceso estocástico el sufrir de esas almas, sino a la voluntad de un joven obsesionado con terminar una historia. Para que una historia prosiga, alguien tiene que sufrir, siempre hay un personaje que se lleva la peor parte, tanto en la tragedia como en la comedia. Las personas en el bar de Facundo, asumieron el lugar de los personaje en detrimento de los cuales la historia se nutre.
Por supuesto, ningún autor puede permitirse sentir piedad por un personaje, éstos son parte de una historia que ha de proceder con o sin ellos. Se les debe otorgar el destino que se decida sin ningún tipo de duda, son supuestos, ilusiones, productos de la imaginación, no pueden sentirse defenestrados u heridos.
Así fue como sin sentir culpa por la familia que la camarera pudiera tener, Facundo la utilizó como otro peón en su trama, obligando a sus malechores a ejecutarla para mantener a raya al resto de sus rehenes.
"No queremos ningún tipo de idiotez, obedezcan nuestras órdenes o van a terminar así" - dijo uno de ellos señalando el cadáver de la joven mujer con su pistola.
Los infaltables lamentos y gemidos sucedieron la evitable e innecesaria muerte y Facundo los pudo sentir y oír, lo entretuvo la idea de que su imaginación le estuviera permitiendo captar auditivamente su narrativa, se vio atónito y perplejo ante el hecho de que su texto produciera emociones tan vívidas "Nací para ésto" se reconfortó pensando.
Al margen de éso, su felicidad fue sólo momentánea, su café aún no llegaba y se estaba empezando a enfadar cuando surcó su mente una idea singular "Es posible que el café ya esté junto a mí en la mesa, pero que lo ignore por haber estado tan absorto en mi cuento. Pero como no deseo, ni puedo detenerme no puedo revisar ahora. No, es imposible, seguro la imbécil lo olvidó." pensaba. Suspiró y se dispuso a retomar su redacción cuando otra idea invadió sus pensamientos "No pudo haberlo olvidado, se lo pedí dos veces seguidas, es evidente entonces, que me ignoró adrede." Desgraciadamente, no tenía forma de desquitarse con la mujer. El servicio era pésimo, pensó en dejar constancia en el libro de quejas antes de salir. Estaba irritado, su historia era la única vía de represalia contra el lugar y su camarera y la tomó.
Los criminales ejecutaron a otra rehén y su acción fue sucedida por el retorno de los esperados llantos y ruidos estrepitosos que retumbaban esporádicamente en la mente de aquél en control de la historia.
Y siguió escribiendo mientras oía fuerte y claro las voces de los interlocutores:
"¿Por qué hacen ésto? ¿Qué hicimos para merecerlo?" - inquiría abatida una rehén compungida.
No tenemos otra opción -creyó escuchar más que tipear.
"Siempre tenemos otra opción"
No siempre, señora. ¿Nunca sintió usted que alguien más decidía los eventos que la involucraban por usted? ¿Que hay otro que determina qué pasará a su voluntad, y no la nuestra? -fue la respuesta.

Comenzaría luego otro cuento, en un mejor lugar. Era hora de acabar éste, y con su final aniquilaría todo recuerdo del Café Belgrano, al que jamás pensaba regresar.
Una sonrisa, tan sardónica como macabra surgió en su rostro mientras volvía a escribir, esta vez decidido a no detenerse hasta el punto final.
La policía, con dos rehenes muertos y temiendo por el resto, irrumpe en el lugar empuñando sus armas. La respuesta no hace esperar y comienza un espectacular tiroteo, bastante ruidoso para el gusto de su autor, cuya resolución podría bien describirse como una suerte de empate. Tanto los policías como los criminales y los inocentes y desafortunados espectadores tomados por rehenes perecen en este épico desenlace.

Feliz con la resolución de su historia, que se le antojaba una suerte de vendetta personal, Facundo guardó sus pertenencias y se levantó, comprobando en efecto que el café sí estaba en la mesa. Mientras consideraba internamente que quizá hubiera sido demasiado duro con el lugar y la camarera, abandonó el bar, maniobrando con cautela para evitar pisar la sangre y los cuerpos de los occisos.


--*---*--- DIFUNDE Bookmark and Share Related Posts with Thumbnails
1 Response

Cómo comentar:
Mira abajo del espacio en blanco el selector al lado de "Comentar como:" y cambialo, con el selector, a "Anónimo" o "Nombre/ID" para comentar sin cuenta. Tu opinión importa y motiva, comentá.